(Calas, Sierra de Espuña y Cabo Tiñoso)

Y  llegó el día. Ya había pasado página, pero ahora me tocaba abrir un capítulo nuevo, el que escribiría con mi nueva autocaravana. Y el día era hoy.

Aunque nos enamoramos de ella nada más verla -se diría que fue un flechazo- y entregamos una señal a finales de julio,  en casa no la pudimos tener hasta mediados de octubre. Primero fue acordar la indemnización por nuestra camper Adria. Eso llevó casi dos meses y medio desde el accidente. Pero afortunadamente, se cerró bien, incluso para ser sincera, mejor de lo que esperábamos. Esto nos permitió a la compra de ésta, una hobby van T500 de segunda mano que aunque tenía cuatro años, tan solo 25.000 km.

Después de nuestra pequeña lucha con la aseguradora durante más de dos meses, tuvimos que sumar la duración de una obra en casa retrasada sobre lo previsto inicialmente y durante la cual no podíamos tenerla y luego un pequeño problema detectado nos obligó a llevarla de regreso a la casa, añadiendo una semana más. Así que nos encontramos a una semana antes del puente de todos los Santos de Noviembre. Tres meses desde que dimos la primera señal.

Aprovechamos el fin de semana anterior  para ir viendo cosillas y que poco a poco cada cosa fuera encontrando su sitio. No había mucho problema. Ésta era más grande que la anterior pero aún así, había que pensar donde ir guardando las cosas. Que cada cosa encontrara su sitio adecuado y un sitio adecuado para casa cosa.

Volviendo a la escapada, teníamos dos posibles destinos para nuestro estreno: el parque de Redes en Asturias o las tranquilas calas de Murcia, cerca de Aguilas. Las previsiones meteorológicas auguraban un mal tiempo para Asturias, con lluvias el jueves, mientras que en Murcia lucía un espléndido sol, así que el miércoles 31 de octubre pusimos rumbo hacia el sol.

Yo aún no había estado en ella “en movimiento”. Solo Angel la había conducido. Y ahora yo no me atrevía  y quizás temía el momento, que llegó. Ya entrada la noche relevé a Angel. Durante todo el trayecto que conduje, una hora aproximadamente, estuve en tensión, nerviosa, me alteraba con nada, no quería distraerme con nada. Pero los primeros 20 minutos fueron los peores. Una y otra vez me venía a la memoria el momento del accidente, la pérdida de control, la mediana que se acercaba, el golpe sordo, como todo se inclinaba y una  bola azul se abría paso hacia el parabrisas...se repetía...Lloré. Lloré por lo perdido, lloré por el pasado, lloré porque no había podido olvidar ningún detalle, lloré porque seguía y seguirá presente en mi vida y no como un mal sueño, si no como una certera realidad.

Poco a poco esa primera angustia fue atenuándose aunque no así la tensión. Y llegamos bien entrada la noche a La Roda. Había localizado a través del google earth un posible sitio cerca de la plaza de toros y allí lo encontramos, frente al cuartel de la guardia civil. Salimos a dar un paseo con Tula y encontramos una tienda gigante de “chinos”. Providencial. Necesitábamos un recogedor y un cuenco para Tula. Tras comprarlo y cenar nos dispusimos a pasar nuestra primera noche.

Transcurrió muy tranquila hasta que a las 7,30 algún gracioso que pasaba golpeó la autocaravana y nos despertó. A las 8,15 decidimos levantarnos y tras el desayuno continuamos nuestro camino hacia Aguilas. El día, espléndido, luminoso y algo frío.

Nuestro primer destino era la Cala de El arroz  (N37º25'42-50; O 1º31'31.70) y las coordenadas que había anotado del google earth fueron exactas. Encontramos una pequeña y recogida cala, aunque no era de arena fina y estaba cubierta de algas, pero muy agradable y con tres o cuatro autocaravanas más. Nos pusimos en primera línea, sacamos nuestras sillas y mesa, unos refrescos  e igual que los británicos que teníamos al lado, y cual lagartijas, nos quedamos tomando el sol y disfrutando de la tranquilidad del lugar.

Pese a la opinión de Angel de comer dentro porque resultaba más cómodo, lo hicimos fuera disfrutando de un hermoso día, del sonido del agua y del color azul intenso con el que el mar nos regalaba la vista hoy.


Después de comer decidí descansar un rato para después dirigirnos a dos calas más. La primera fue La Higuerica, (37º22'48.43; O1º37'33.94) bonita playa de fina arena donde algún atrevido –con cara de “guiri”- disfrutaba de un baño. También había varias autocaravanas pero no tenía vistas directas al mar. Subimos andando por un pequeño camino desde el que pudimos divisar la siguiente cala de nuestro destino, la Carolina y detrás lo que debía ser Cocederos de la que tanto había leído.

Y allí nos dirigimos ahora. También encontramos alguna que otra autocaravana dispersa pero, al igual que la anterior cala, no tenía una vistas directas sobre la playa. Aquí  a nuestra izquierda contemplábamos la hermosa cala de la Carolina, grande y de arena fina y a nuestra derecha se abría Cocederos (N3722'35.16;O 1º37'44-32) con unas excavaciones sobre la piedra de lo que un día fueron o debieron ser viviendas. Es un paraje curioso y con un extraño atractivo al margen de su pequeña playa también de fina arena. Nos situamos en un pequeño montículo  cerca del chiringuito, ahora cerrado, pero de los sitios en los que habíamos estado hoy, el que más nos atraía por estar al mismo pie de la playa era la cala de El Arroz. En estas calas estamos demasiado dispersos y lejos del mar,  así que regresamos sobre nuestros pasos.

Y aquí estamos ahora, “peleándonos” con la nueva autocaravana, hasta que consigamos “conocerla” y ver que todo funciona correctamente porque tenemos nuestros sustos. Así, resulta que creímos poner por la noche la alarma y la debimos de poner mal. Luego hemos descubierto que ninguno de los dos fermines de “fabrica” muy monos ellos, funciona. Son meramente de adorno. Al medio día hemos intentado poner el  toldo y  no conseguíamos luego sacar la barra que lo acciona, luego, el frigorífico a gas, que parecía no funcionar, aunque luego comprobamos que sí lo hacía, una  bisagra de una puerta ha perdido un tornillo que no podemos arreglar ahora y del grifo del lavabo sale poca agua, suficiente, pero no sabemos si es normal o no. Problemas domésticos derivados, unos de nuestro desconocimiento y otros pues de que a pesar de que su estado de conservación es bueno, no deja de tener cuatro años. y quizás, poco uso.

Ahora disfrutamos de una oscuridad total, y de un silencio roto solo por el rumor de las olas al romper en la playa.  Tula...dormita. Pobrecilla. Cuando nos movemos tiembla como un flan. No sé si alguna vez se la pasará el miedo. Dentro, cuando no se mueve, está encantada pero cuando intuye que nos vamos a mover, comienza a temblar. Angel corrige exámenes -para que luego digan de los docentes- y yo trato de disfrutar del momento, porque no deja de estar cargado del recuerdo de la otra, del motivo por el que estoy en esta y de la inquietud por si todo saldrá bien, si todo funciona y funcionará correctamente, desde su corazón -el motor- hasta todas y cada una de las pequeñas cosas que componen nuestros vehículos, delicados y complejos, que nos llenan de satisfacción cuando todo va correctamente y como debe ir y de preocupación cuando en medio de unas vacaciones o disfrutando de unos días de descanso alguna avería nos juega una mala pasada.

Una redonda luna ilumina el sereno mar haciéndolo brillar. Angel se ha dormido. Decido abrir la claraboya y los rayos de la luna entran para caer directamente sobre él. “¡vaya!” -me dije a mi misma- “la luna iluminando a un Luna”  y me dispuse a dormir.

Ahora estamos cerca de Mazarrón. En un sitio alejado de la civilización por una carretera que atraviesa kilómetros de extensiones de cultivos hortelanos y una gran empresa de la que a las 18,00h sale la gente. Incluso  pensamos que se trataba de una superficie comercial por el número de vehículos aparcados y la gran cantidad de gente que se movía alrededor. Está junto a un pequeño pueblo que dejamos atrás siguiendo las indicaciones que nos marca el navegador. Cuando llegamos encontramos tal cantidad de autocaravanas, incluso con carros, que pensamos que era un campamento gitano. Pero no. Hay casi medio centenar de procedencia diversa. Desde alemanes, que son los que mas abundan, pasando por suecos, holandeses y franceses. Algunos llevan unas placas solares espectaculares y que tienen levantadas y orientadas al medio día. Más de una remolca desde un smart hasta un toyota yaris. Las parabólicas son también de un considerable tamaño, incluso a alguna se le puede aplicar eso de “érase una autocaravana a un parabólica pegada” Tiene todo el aspecto de ser un campamento de invierno, donde se pasan mucho tiempo parados. Aunque  a primera vista no parece tener una buena playa, ya que es de cancajos y muy estrechita, el sitio es muy adecuado para pasar unos buenos días de descanso.

Pero vuelvo al principio del día.
Noche tranquila. Un espectacular y generoso sol nos saluda por la mañana. Me levanto a abrir la ventana de la cocina y vuelvo a contemplar desde la cama el mar. Todo un lujo más que asiático.
Decidimos desperezarnos y empezar a movernos. Los vecinos de las autocaravanas cercanas (unas cinco hemos hecho noche) están ya en pie. Un pescador ha colocado su caña en la arena y disfruta del generoso sol que parece querer decirnos que no estamos en otoño.

Tula pide salir y disfruta sola de un paseo por la playa y de la compañía de otros peludos. Los británicos de atrás nos saludan efusivamente. ¡Vaya! Se habrán mimetizado con la tierra pero esta vez adoptando buenas costumbres, aunque su acento al pronunciar “espain” en vez de “espein” puede delatar que son escoceses –lo tengo que confirmar-.

Mientras tomamos el desayuno decidimos qué vamos a hacer con el día. Así optamos por bajar hacia el sur hasta Vera para luego dirigirnos a la Sierra de Espuña.

Dejamos atrás Murcia para adentrarnos tímidamente en Almería disfrutando de una carretera solitaria que discurre a lo largo de una hermosa costa. Llegados a Vera  y contemplamos los efectos de las pasadas riadas: algún que otro coche convertido en un montón de chatarra y completamente lleno de barro y las marcas que ha dejado el agua en algunas fachadas, así como rastros de lo que el agua arrastró en su frenética bajada. A la salida, montones de enseres rebozados en barro llenan una zona acotada. Tomamos la autovía  dirección Lorca para después seguir hasta Alora, localidad que nos da la entrada al Parque Natural de la Sierra de Espuña.

Dejamos la autovía para pasar a transitar por carreteras locales. Se mueve todo y suena todo. Tula lo pasa mal. Es un manojo de nervios. Tiembla y jadea casi de continuo por lo que nos vemos obligados a parar y darla agua que toma con avidez. Decido ponerla un cojín entre nuestros dos asientos y atarla para impedirla  que se acerque a nuestros pies, que es toda su osbsesión. Parece calmarse algo. Pobrecilla, me parte el alma. También tuvo que pasar lo suyo con el accidente ¿qué pasaría por su cabeza?. Allí se quedó ella, sola, atada con una chaqueta a la autocaravana volcada viendo pasar gente desconocida de un sitio a otro moviéndose nerviosamente sin hacerla ningún caso. Es una peluda sensible y esto la ha marcado negativamente.

Nuestra intención era subir a ver los pozos de la nieve y bajar a hacer noche a Alora visitando el pueblo del que además he leído que tiene varias alfarerías, una de nuestras debilidades.

Y comenzamos a subir. La carretera se estrecha y asciende sinuosamente. Empezamos a darnos cuenta de que no es para hacerla de bajada y luego subir otra vez mañana, paseando alegremente. Continuamos hasta un pequeño aparcamiento junto a un mirador, donde aparcamos y comemos para iniciar después un paseo hacia los famosos pozos de las Nieve por el “camino Forestal Pedro Lopez” que parte a la derecha del aparcamiento. En este momento decididos regresar a dormir a la playa. Al  fin al cabo, sierra  tenemos en Madrid y cercanías, pero playa, no.

En el tramo de unos 800 metros que nos separa del primer pozo reconstruido, encontramos las ruinas de dos.  Al pie del camino aparece el primero, una curiosa construcción que no habíamos visto hasta ahora y donde hay un panel explicativo. Solo por contemplarlos merece la pena venir y si además le sumamos el marco, de una belleza sencilla, y las vistas, que se extienden por laderas cubiertas de pino y encina y por otras algo desoladas por donde buscamos argüís (muflones de la sierra de Espuña, que no encontramos), la visita se hace casi necesaria.


Estos pozos comenzaron su existencia en el siglo XVI y su producción se destinaba a fines médicos y de lujo (sorbetes y bebidas frías para clases privilegiadas). En sus 120 años se construyeron casi los 25 en los que se podían almacenar 25.000 toneladas métricas de hielo y se mantuvieron hasta bien avanzado el siglo XIX. A su alrededor había un complejo mundo de jornaleros que con las primeras nieves las iban recogiendo en capazos, acumulando y prensando en los distintos pozos hasta llenarlos y dejarlos así hasta el verano; y arrieros que lo trasladaban a la ciudad en verano y por la noche para perder lo menos posible –aún así perdían el 30% de la producción- .  Se arrendaban al mejor postor para su explotación en pública subasta y en las ciudades había puntos de venta concretos en los que se vendía el hielo de mayo a septiembre.

Con ganas de andar, seguimos el camino que ascendía hasta asomarnos en una curva a las vistas del observatorio militar que hay en una cumbre. Desde allí nuestros ojos abarcaban más y Angel observó un pozo que no se correspondía con el que habíamos visto inicialmente.

Decidimos regresar y llegados al primer pozo tomamos un camino que sale a la izquierda de éste y a la derecha de la pista, llegando al segundo, el que habíamos visto desde arriba. Aquí hay unas escaleras que permiten descender para contemplar más en directo la profundidad. Realmente es impresionante. Tula se negó a bajar. Sus patitas no se sentían seguras sobre el entramado de rejilla y nos esperó nerviosamente. A la salida, unas nubes grises comenzaban a anunciar el pronosticado cambio de tiempo.

Ahora decidimos poner rumbo a Mazarrón. Así atravesamos esta sierra de Espuña de sur a norte. El descenso es largo y con revueltas que cada 100 metros cambian de sentido. Afortunadamente solo nos encontramos con uno o dos turismos. No olvidamos que estamos en una pista forestal asfaltada, por lo que su anchura es limitada. Me preocupaba mucho haber ganado en dimensiones y comodidad pero haberlo perdido en movilidad y ligereza. Ahora teníamos 40 cm  más de largo–aunque todas las camper del mercado son ya de 6m de longitud-  y unos 10 más de ancho, y esto último es lo que me preocupaba más. Por ahora, prueba superada. Sube bien, cabe bien y es ágil. El descenso es casi interminable y dejamos atrás otros puntos de interés de este parque como el área de la Perdiz  y Fuente del Hilo de donde parten senderos, alguno que tenía pensado hacer; pero este lugar requiere más de un día y nos atraía más disfrutar del mar que de la montaña así que ponemos rumbo al primer “area de españa 2” que figura en el tomtom como PDI más cercano a Mazarrón y que si no fuera por mi maestro friki de los navegadores, Jesus, no habría encontrado. Y aquí nos quedamos. (37º32’06.32”N; 1º22’19.52”O)

Impresionados por los “montajes” que mostraban algunos viajeros, y después de aparcar la auto, tomamos un camino que salía a la izquierda y que se internaba en una espesa zona de matorrales altos y que mostraba aún los restos de todo lo que las anteriores inundaciones han habían arrastrado, para dar luego a un campo abierto con la playa al lado y donde puedo ver como una focha y una garza levantan el vuelo y un conejo busca cobijo rápidamente. Este último es olido por Tula que se vuelve loca saltando como un canguro de un lado a otro. De vuelta tomamos ahora otro camino en sentido opuesto y descubrimos un grupo de autocaravanas que ordenadamente se sitúan entre la vegetación baja a lo largo de la playa de cancajos y todas con la misma orientación.  Estas autos están separadas de la estrecha playa con la pista por la que transitamos. Unas cuantas cañas se alinean esperando su botín para la cena. Un sitio alucinante, quizás un poco cutre, pero si lo que se busca es buena temperatura, aislamiento, limpieza y tranquilidad y lo de darse un buen baño en una playa bonita nos da lo mismo, el sitio es casi perfecto. La explanada en la que se encuentran la mayoría de las autocaravanas tiene un par de contenedores de basura. ¡Genial!. Los españoles tenemos una buena vista para los negocios. Los vecinos pagan la recogida de basuras, y los extranjeros, entre ellos mucho alemán, disfrutan de ella de forma totalmente “free”. Así da gusto venir a España. Con una fuentecilla sería la lech…, y con alcantarilla, para casi sobresaliente y si algún vehículo se acercara vendiendo pan, fruta u otros productos más o menos perecederos ya el remate….A ellos algo así no se les escapa.

Bueno, comentarios a parte  ha llegado la hora de estrenar el baño, quizás lo mejor conseguido de esta nueva autocaravana. Y desde luego conseguimos disfrutar de él. Poco tiene que ver con el espartano baño de nuestra Adria, donde, de entrada, la tela de la cortina se pegaba por todos los lados y si se había duchado alguien antes, ésta se quedaba fría. Aquí el espacio interior que queda  una vez que se cierran las mamparas es más que suficiente para moverse y ducharse con tranquilidad y holgura . Luego, usar el secador es otro lujo del que no había disfrutado hasta ahora.  En fin, una gozada. Ahora solo tiene que salir ...no digo buena, si no normal, y que nos proporcione  tantas satisfacciones como nuestra camper Adria.

La noche nos ha envuelto ya. La temperatura es tan estupenda que me permite estar dentro con una camiseta de tirantes. Las nubes cubren la luna que esta noche no se deja ver y al fondo contemplamos las luces de la bahía de Mazarrón. Solo oímos el mar rompiendo suavemente...

Nuestro último día en esta  “primavera” dentro del otoño. Cielo con algunas nubes y la temperatura sigue siendo estupenda. Nuestros vecinos nórdicos están como los caracoles: han sacado las sillas y se han ”orientado” hacia el sol armados con un matamoscas, que dicho sea de paso, no sobra.  Desayunan frugalmente tomando el sol. Nosotros nos preparamos para partir pero antes disfrutamos de una agradable caminata por el “paseo marítimo”. Una ancha  y cómoda pista recorre una excepcional costa sin ninguna construcción a lo lejos. Hay gente haciendo footing, otros paseando en bicicleta o a pie…en fin, todo un lujo y “de gratis”. Retomo las reflexiones de ayer y me da pena pensar que con todos los que hay ahora y cobrando una cantidad meramente simbólica, como 3 euros, se podría pagar al menos el sueldo de una persona que se encargara de vigilar y/o poner cierto orden. Hemos visto algún camping que otro cerrado. Y no es de estrañar, a 20 o 30 euros al día para no ofrecer nada más que luz y agua resulta caro. Pero 5 o 6 eurillos por un lugar adecentado más luego cobrar a parte la carga de agua….Bueno, en estas reflexiones hacemos nuestro paseo por una playa, que todo hay que decirlo, es de pedruscos pero agradable. Y nos preparamos para partir.

Ponemos rumbo a  Bolnuevo y el navegador nos lleva por una estrecha carretera que muere en un camino con el mar al fondo. Yo, que soy de las que no quepo por ningún lado, excepto para aparcar, dudo si continuar o no, pero Angel es más decidido y para allá nos lanzamos. Desierto al fondo, derecha e izquierda, eso sí, muchos trozos de plástico negro, restos de invernaderos que afean, y mucho, este paisaje. Deberían obligar a retirarlo. Me río de las campañas de las grandes superficies para retirar las bolsas de plástico por altamente contaminantes….No han visto esto….

Nos parece vislumbrar una autocaravana al fondo y si esa ha llegado, nosotros también. Y para allá que vamos hasta que una subida pronunciada en donde casi patina el embrague nos “los pone de corbata”. Y descubrimos que la vista nos ha engañado y la supuesta autocaravana era un  camión de la basura, así que en medio de la nada, en un paisaje desolado decidimos dar la vuelta y buscar carreteras transitables.

Y llegamos a Bolnuevo y en una gran explanada encontramos la “ciudad encantada”, que son cuatro grandes rocas lamidas por la erosión y que han conseguido unas caprichosas y bonitas formas.

Ponemos  rumbo a Mazarrón y desde aquí nos decidimos a ir a Cabo Tiñoso a dar una vuelta  y curiosear antes de comenzar nuestro definitivo regreso a casa. Ni tenía preparado nada ni  había leído nada sobre esta zona.

Se accede desde la carretera que une La Azohía con Cartagena tomando una desviación a la derecha que parte a Campillo de Adentro. A partir de aquí una estrecha carretera de cinco metros de ancho asciende tortuosa hasta el Cabo. Una vez más dudo y Angel me anima. Si nos cruzamos con otro turismo cabremos, pero si es con otra autocaravana...no quiero ni pensarlo.

A unos cinco km el camino se desvía hacia la izquierda, prácticamente colgado del precipicio, dejando a la derecha otra estrecha carretera que parece terminar en unas antenas. Dudando nos detenemos pero es un ciclista alemán el que nos indica que continuemos por la izquierda. Aunque la visibilidad es buena, comprobamos que en determinados sitios caber dos vehículos se hace un poco difícil y la carretera parece no acabarse nunca, pero al final llegamos a un pequeño aparcamiento. Aunque hay sitio, su tamaño es limitado y a la parte superior de éste no creo que puedan acceder las autocaravanas, por lo que nos tenemos que quedar abajo.
La dejamos para dirigirnos a pie a un reciento que posee una extraña belleza. Para los más pequeños es un sitio ideal ya que el estilo de la construcción  recuerda a un castillo medieval, además de estar encaramado en las rocas. Quizás por esto lo llamen “los castillitos”.

Entramos en un gran complejo militar que fue construido  durante la dictadura de Primo de Rivera para proteger la base naval de Cartagena y que ha estado operativa hasta 1993. Desde aquí se disfruta de unas impresionantes vistas sobre el mediterraneo, en pleno corazón del espacio natural de la sierra de Cabo Tiñoso. 


En realidad, el conjunto de Cabo Tiñoso está formado por tres baterías de costa: Castillitos, a 250 metros de altura, la del Joyel, un poco más debajo de 1923 y con cuatro cañones y la batería del Atalayón en la cima a 345 metros de altura y con cuatro cañones antiareos en una curiosa construcción con columnas jónicas y un pórtico dórico. Estas instalaciones se completan con túneles, galerías, almacenes, oficinas, despachos, puestos vigías y otras estancias  unidas por un camino entre pinos e imponentes acantilados que permite realizar un paseo por este paraje protegido por su interés ambiental. De esto último me entero ahora, que lo estoy relatando ya que no teníamos planificada ninguna visita a esta zona y por tanto no llevaba  información. Sencillamente para hoy por la mañana tenía previsto una caminata por la Sierra de Espuña, pero al haber cambiado de planes…a veces con la improvisación pasa esto, te encuentras con lugares sorprendentes, pero dejas de disfrutar mucho de ellos por carecer de suficiente información, lo cual refuerza más mi necesidad de llevarlo todo preparado y dejar poco sitio a la improvisación.

Subimos por una de las torres para sorprendernos frente a dos impresionantes cañones de casi 10 metros de largo por los que la gente estaba encaramada. Son los famosos Vickers (cuyo emplazamiento, no los cañones, vimos también  por la costa gallega la pasada semana santa) capaces de disparar proyectiles de casi una tonelada de peso, uno por minuto, cargados con 18 kilos de TNT y que llegaban a una distancia de 35 kilómetros. Cada uno de estos gigantes pesa algo más de 86 toneladas. Un ingenio militar que debía generar un espantoso estruendo.
Este acuartelamiento recibió un lavado de cara hace un par de años con el fin de acondicionarlo para visitas turísticas, lo que habría sido una idea estupenda viendo no solo por las instalaciones, sino por el enclave. Así habilitaron varios miradores y un área con bancos de madera, pero al parecer está pendiente de incluirse en una nueva ruta turística que prepara el ayuntamiento de Cartagena con estos destacamentos. Pero mucho me temo que esté todo paralizado aunque la gente y algunas empresas de excursiones parecen que le están sacando su propio partido a este sorprendente lugar en el que, por lo que leo, parece que se pueda pasar un día completo.

Nosotros, incómodos y preocupados primero por que nadie nos pudiera impedir la salida (los turismos piensan en salir ellos y no en la salida de vehículos de mayor tamaño) y en segundo lugar, por el creciente número de coches que subían y con los que nos podíamos cruzar en nuestro regreso, decidimos irnos después de echar un breve vistazo sin entretenernos ni siquiera en acercarnos hasta la misma punta en donde se veían más edificios, ni en visitar toda la maquinaria y engranajes que se guarda en tres pisos subterráneos y del que pude ver varios fotos en Internet.

Así que saliendo por los pelos, casi con las medidas justas, iniciamos el regreso por esta carreterita de “infarto”. Nos cruzamos con varios turismos pero como la visibilidad era buena pudimos esperarlos o lo hacías ellos, en sitios estratégicos que nos permitían el paso a ambos. Ahora nos pareció que se hacía más corta.

E iniciamos el regreso a casa parando antes en una nave en la que vendían frutas y verduras. Ahora teníamos sitio suficiente para llevarnos lo que quisiéramos. De echo, el garaje va casi vacío y algunos muebles del interior también. Nos sobra espacio…pero ya se sabe, es cuestión de tiempo ocuparlo y además, con muchas cosas innecesarias porque si hemos estado 11 años viajando cuatro personas con menos espacio, es que se puede hacer y no todo lo que creemos que es necesario lo es.

Como novedad en nuestro regreso, la lluvia, que más parecía un diluvio y que hizo su repentina aparición en Albacete, y la noche, que se nos echó rápidamente encima. Pero sin mayores dificultades llegamos a casa.

Mª Angeles Del Valle Blázquez
Enero del 2013